viernes, 20 de abril de 2018

Groenlandia, la utopía de Erik el Rojo

Nota del Autor (OLL). Tuve el privilegio de visitar Groenlandia en agosto de 2000, cuando el cambio climático aún no estaba dando los síntomas que muestra en la actualidad y el deshielo no era tan evidente. Hace dieciocho años era difícil de predecir los niveles de calentamiento a los que hemos llegado, con la consiguiente alteración del paisaje y del entorno en el que se desarrolla la vida en esa parte del mundo… El siguiente reportaje es consecuencia de la fascinación que me produjo conocer, en aquel momento, una parte del planeta que, a todos los efectos, se podría considerar virgen… Desde allí, sentado en una piedra, frente a hermosos fiordos, hicimos dos programas de radio en directo, solventando con todas las dificultades y viviendo una experiencia maravillosa e irrepetible… Ni que decir tiene que esas dos ediciones de Objetivo: La Luna, fueron un éxito de audiencia… 


Por Ángel Alonso (OLL) 

Ya corría el año 870 de nuestra era, cuando algunos monjes irlandeses comenzaron a establecerse como ermitaños en esta isla cuyos 2.175.600 kilómetros cuadrados se extienden, en su mayor parte, al norte del Círculo Polar Ártico. 


Si los duros monjes irlandeses buscaban la soledad, no pudieron escoger un escenario más apropiado... Enormes territorios sin presencia humana alguna, donde extensos fiordos avanzan, con irrespetuoso desparpajo, tierra adentro hasta topar con el verdadero señor de estos parajes: el hielo... Y esto en la época estival, ya que, fuera de esta estación, las bajas temperaturas solidifican el mar de alrededor, uniendo con suelo firme la superficie terrestre y la marina, llegando incluso a establecer importantes puentes de tránsito con las islas próximas del oeste y con las tierras continentales de Canadá. Todo ello bajo el tenaz manto de la noche polar.

Fue en el año 982 cuando el vikingo Erik el Rojo, procedente de Islandia, se deja caer por las costas groenlandesas en busca de nuevas tierras donde asentarse. Él y los suyos consiguen pasar el invierno al otro lado del fiordo donde se asienta la actual Narssarssuaq, uno de los dos aeropuertos internacionales de la isla. Parece demostrado que por aquella época el clima era un poco más benigno que el actual, por lo que es posible que el jefe vikingo se encontrase con una tierra de suaves praderas, llenas de abundantes pastos. Puede también que el impaciente Erik, ávido de encontrar nuevos territorios en los que asentarse (no olvidemos que había sido desterrado de Noruega y en Islandia se le estaban empezando a complicar las cosas), decidiera dar por buenos aquellos territorios despoblados y echara mano del “márketing” para atraer colonos y por ello le diera el nombre de Greenland (Tierra Verde), a la isla en la que el hielo es dueño y señor, y en la que tan sólo las zonas cercanas a la costa logran liberarse del persistente manto blanco, solamente, durante los meses de verano. 

Así fue como, un año más tarde, este rey sin reino, apodado el Rojo, regresó a Groenlandia acompañado por catorce navíos. Es justo recordar que fueron veinticinco las naves que partieron desde Islandia, lo cual puede dar idea de la peligrosidad de las aguas que recorrieron llenas de témpanos de hielo a la deriva (algunos casi invisibles), terribles tormentas y temperaturas gélidas. Al final del viaje el entusiasmo debió de brillar por su ausencia al contemplar un territorio hostil, sin árboles, sin apenas posibilidades para la agricultura y en donde, a primer golpe de vista y más aún después de las primeras nieves, el milagro iba a consistir en sobrevivir... 


Groenlandia aún es un territorio salvaje donde los haya. Un aire limpio que tonifica pulmones y espíritu por su pulcritud. Un sinnúmero de torrentes y arroyos por los que corre, en abundancia, un agua que apenas quita la sed por su pureza y ausencia de minerales. Un paisaje virgen donde apenas habita el hombre y en donde es posible avanzar durante semanas sin encontrar ningún vestigio humano. Y una naturaleza casi intacta donde abunda el caribú, vive tranquilo el buey almizclero, hacen de las suyas las liebres árticas y los zorros polares, y no es descartable darse de bruces con el oso polar... “El oso del gran norte”, nanut como lo denominan los inuit, mal llamados esquimales por los occidentales. 

En medio de grandes masas de hielo y un paisaje ilimitado en los que el blanco y el azul marcan su hegemonía sobre el marrón y el verde, los vikingos de Erik el Rojo tuvieron que actuar con diligencia para conseguir alimentos y construir unos refugios, lo suficientemente sólidos, para sobrevivir a la noche ártica en aquellas nuevas tierras. Lo consiguieron, al menos, hasta el año 1410, fecha en la que llegó a Noruega el último barco salido de Groenlandia del que se tienen noticias. El incremento de la dureza climática (bajada drástica de temperaturas con la llamada pequeña glaciación), el enfrentamiento entre vikingos e inuit (procedentes del norte, desde Canadá) en dura lucha por el territorio y por los pocos recursos disponibles, la posible aparición de enfermedades derivadas de la consanguineidad y también, tal vez, su rapto en calidad de esclavos por parte de piratas europeos, dieron al traste con una población de origen vikingo que, en su momento de mayor esplendor, pudo haber ascendido a las tres mil personas. Grandes epopeyas como La saga de los groenlandeses, donde se narraban las cuatro expediciones vikingas al continente americano, se perdieron en los territorios de la leyenda y fueron cubiertas por el polvo del olvido. 

Era el tiempo del pueblo inuit, los mejor adaptados al señorío del hielo, la cultura más especializada del mundo, cuyo saber y conocimientos de supervivencia en condiciones extremas fueron adquiridos de otra cultura más antigua a la que desplazaron: los dossel. De ellos se dice que aprendieron a construir sus famosas casas de hielo, los iglús. También se dice que de ellos asimilaron su forma de pescar y de cazar la foca sobre la superficie helada del mar... Un día, cuenta la tradición inuit, los dossel simplemente desaparecieron y el pueblo de los hombres (significado indígena de inuit) se quedó como único poblador de Kalaallit Nunaat (Groenlandia). 


Aún hoy, cuando los resultados de la globalización también han llegado a Groenlandia, causa verdadero asombro el contemplar el modo de vida groenlandés. Meses de total claridad, seguidos de meses de completa oscuridad, acompañados de las condiciones climatológicas más duras que el ser humano pueda soportar. De hecho, el ser humano no las puede soportar… Tan sólo los inuit, poseedores de una contextura física extremadamente resistente y especializada para el frío, una extraordinaria adaptación a las circunstancias, una admirable capacidad de sufrimiento y una paciencia infinita capaz de hacerles permanecer quietos durante horas o días, en su rudimentaria piragua, a la espera de capturar alguna presa con la que saciar su hambre y la de los suyos. 

En 1585 John Davis hace escala en las costas de Groenlandia durante su búsqueda del mítico Paso del Noroeste. Pero no fue hasta 1721 cuando se produce la recolonización europea cuando el misionero noruego Hans Egede, funda la pequeña colonia de Godthab. Desde entonces las dos comunidades han convivido en armonía ayudándose mutuamente y alcanzando un alto grado de mestizaje. 

Aunque Groenlandia históricamente ha sido un territorio dependiente del Reino de Dinamarca, no es hasta 1953 cuando la isla se convierte en provincia danesa y parte integral de su territorio. Con el apoyo de Dinamarca, que aporta prácticamente el 50% del producto interior bruto de Groenlandia a fondo perdido, en la actualidad el groenlandés medio goza de un buen nivel de vida. 


Greenland, Kalaallit Nunaat o Groenlandia, constituye un reclamo irresistible para cualquier aventurero… Territorio en donde muchos han encontrado un excelente campo de entrenamiento para encarar posteriores metas, la isla ofrece un excelente escenario para el trabajo duro y la vida difícil, en donde la recompensa se recibe continuamente con un aire capaz de aplacar los espíritus inquietos, ansiosos de libertad… 

En definitiva, una tierra en la que abundan espacios por descubrir, ríos que vadear, fiordos para navegar, montañas por escalar y, en las horas de oscuridad, un cielo inquietante cuajado de estrellas, atravesado por meteoritos y en el que, de cuando en cuando, se nos ofrece un regalo muy especial: el de la aurora boreal… Y en donde los amantes de la fauna marina pueden vibrar con los avistamientos de todo tipo de cetáceos o disfrutar con las evoluciones de los grupos de focas recorriendo a toda velocidad las aguas de los fiordos. 

Muchos trozos de hielo se han desprendido del gran glaciar central, numerosos icebergs han recorrido las costas y abundantes ventiscas han borrado las huellas de los monjes irlandeses, los vikingos, los dossel, de los antiguos inuit y de otros muchos intrépidos viajeros que, por error o en busca de nuevas rutas, desaparecieron para siempre en esta tierra a veces hostil y siempre salvaje, pero de una belleza cristalina... Quizás la utopía de Erik el Rojo no lo fue tanto... 

                                                                                             En Groenlandia, agosto de 2000 


Con agradecimiento a Ramón Larramendi y Enrique Guillermo, con quienes compartí aquella maravillosa aventura radiofónica… a los que se quedaron en España contribuyendo a que todo saliese correctamente… y a los habitantes de Groenlandia que tuve el privilegio de conocer porque, a través de ellos, aprendí cosas fascinantes sobre la cultura inuit…

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