Entrañable y eterna ciudad Inca
Segunda Parte
De nuevo, como en un ritual, seguí en dirección al Huacaypata. No concibo la llegada al Cusco sin pasar por su plaza principal antes de dirigirme a cualquier otro lugar, pues la plaza es el centro vital, donde todo confluye, tanto geográfica como socialmente. Pero antes de llegar, en el camino ascendente y bajo este tenaz sol que atraviesa un nítido cielo turquesa, tuve una de las visiones más placenteras de esta ciudad: a mi derecha tenía el Coricancha, el principal complejo sagrado con templos al Sol, la Luna, estrellas, y todos los elementos celestes. Sus paredes estuvieron completamente cubiertas por planchas de oro y en él se guardaba el gran disco solar. Tras haber sido convertido en tiempos de la Colonia en el Convento de Santo Domingo, actualmente ha recuperado su identidad indígena. Los religiosos dominicos ahora habitan un edificio anejo y este recinto vuelve a ser el Coricancha, “Recinto de Oro”.
Ante el templo se extiende un gran “Jardín de Oro”, donde fueron encontradas numerosas figuras trabajadas en oro macizo que representaban llamas, árboles, personas y frutas sagradas dedicadas al Sol, junto a fuentes y adoratorios. En este recinto se viene celebrando, como hace más de quinientos años, la gran Fiesta del Inti Raymi, en los quechuas rinden culto al Sol cada 24 de junio, comienzo del solsticio de invierno (en el hemisferio Sur).